El carácter sagrado de la fuerza formada con la sociedad se manifiesta con mayor claridad en la magia.
La magia es el intento de la sociedad por fortalecerse. El nivel de conciencia existente solo puede llevarse a la práctica bajo la forma de la magia. La magia es también la madre de la ciencia. La mujer que observa continuamente la naturaleza y conoce el nacimiento, en el que la vida encuentra expresión, es la sabia de este tipo de sociedad. Que quienes practican la magia sean mayoritariamente mujeres es expresión de esta verdad. Por exigencia de la práctica de la vida, es la mujer quien mejor conoce lo que ocurre en la sociedad natural. La huella de la mujer se ve en todas las esculturas que quedan de aquel período. El clan es una unidad formada en torno a la mujer-madre. Dar a luz y cuidar a los niños la obligan a convertirse en la mejor recolectora y proveedora. El niño solo conoce a la madre. El hombre aún no ejerce influencia sobre la mujer como propiedad suya. Así como no se sabe de qué hombre quedó embarazada la mujer, sí está claro a qué mujer pertenecen los niños. Esta necesidad natural revela también la fuerza de una socialidad basada en la mujer. El carácter predominantemente femenino de las palabras conceptualizadas en este período constituye otra prueba de esta verdad. La belicosidad y la dominación que el hombre desarrollará más tarde también proceden de su función de cazar animales poderosos en esta etapa. Sus características físicas lo obligan en mayor medida a buscar caza lejos y a proteger al clan de los peligros. Estas funciones no determinantes explican asimismo por qué el hombre permaneció en segundo plano. Dentro del clan no se han desarrollado relaciones privadas. Lo obtenido mediante la recolección y la caza pertenece a todos. Los niños pertenecen a todo el clan. Ni el hombre ni la mujer se han individualizado todavía. Por estas características fundamentales se denomina sociedad comunal primitiva a este tipo de sociedad.
En conclusión, la forma del clan es el terreno del nacimiento de la sociedad, de su primera memoria y del desarrollo de los conceptos básicos de conciencia y creencia. Lo que queda de ella es la verdad de que una sociedad sana se apoya en el entorno natural y en la fuerza de la mujer, y de que el modo de existencia de la humanidad se realizó mediante una fuerte solidaridad interna, libre de explotación y opresión. La humanidad es, en cierto sentido, la suma de estos valores fundamentales. Es absurdo suponer que esta experiencia social, que duró millones de años, se haya perdido. Así como nada desaparece en la naturaleza, esta tendencia conserva aún más su fuerza en el modo de existencia social.
Una cuestión importante establecida por la ciencia es el hecho de que un desarrollo posterior contiene también el desarrollo precedente. No es cierto que los opuestos se desarrollen destruyéndose mutuamente. Lo que expresa esta regla de la dialéctica es que la tesis y la antítesis continúan su existencia en la síntesis, dentro de una formación más rica. Toda la evolución confirma esta regla.
El desarrollo de los valores del clan continúa también dentro de nuevas síntesis. Que los conceptos de igualdad y libertad conserven todavía hoy el valor de conceptos fundamentales se debe a la realidad de la vida del clan. Antes de que la igualdad y la libertad fueran conceptualizadas en la conciencia, se hallaban ocultas en su estado natural dentro del modo de vida del clan. Cuando se pierden la igualdad y la libertad, estos conceptos, que viven ocultos en la memoria social, se expresarán a un ritmo cada vez mayor y volverán a imponerse como principios fundamentales de una sociedad desarrollada en un nivel superior. A medida que la sociedad evolucione hacia las instituciones jerárquicas y estatales, la igualdad y la libertad las perseguirán sin tregua. Lo que en esencia las persigue es la propia sociedad del clan.
En la sección anterior intentamos explicar dentro de qué marco de definición podemos llamar «sociedad natural» al primer estado comunitario de la humanidad. Asimismo expusimos nuestro paradigma de aproximación al universo. Es propio de la naturaleza de la organización social de tipo clánico extenderse en el tiempo y el espacio, adquiriendo gradualmente diversidad y volumen. Los datos disponibles nos permiten constatar que en la comunidad que crece alrededor de la mujer-madre y perfecciona su identidad se desarrollaron malestares en el ámbito masculino. Los niños reunidos en torno a la mujer-madre y los hombres a quienes ella favorece más para que la ayuden provocan los celos y la ira de los demás hombres. Más importante aún: la mujer-madre desarrolla el orden doméstico. De este orden obtiene alimentos, ropa y otros instrumentos. Mediante sus observaciones alcanza también la condición de mujer maga y adquiere sabiduría. Cuantos más niños y hombres amigos (cercanos) vincula a este orden doméstico, más poderosa se vuelve como mujer-madre. Se desarrolla un culto de la mujer imposible de contener. Las pruebas disponibles—el orden religioso más extendido de la diosa, los elementos femeninos de la lengua y las esculturas—son signos claros del poder ascendente de la mujer-madre. Una parte importante de los hombres permanece naturalmente alejada de este orden. Quienes la mujer-madre no considera útiles, en su mayoría ancianos, pueden quedar fuera del sistema.
Esta contradicción, muy débil al principio, se desarrolla gradualmente. El desarrollo de la caza revela la fuerza guerrera del hombre y aumenta también sus conocimientos. Sobre esta base, los ancianos excluidos avanzan hacia una ideología de dominación masculina. La religión del «chamanismo», en particular, nos presenta este fenómeno de forma contundente. Los chamanes representan ante todo el prototipo de los sacerdotes varones. Pretenden desarrollar contra las mujeres un contramovimiento muy sistemático y un orden doméstico rival. El hombre, que antes vivía casi semisalvaje en chozas sencillas frente al avanzado orden doméstico de la mujer-madre, puede crear con el chamanismo un orden doméstico contrario. La alianza de los chamanes con los hombres ancianos y experimentados constituye un desarrollo importante. Mediante el poder ideológico establecido sobre algunos jóvenes que incorporan a sus filas, su posición dentro de la comunidad se fortalece progresivamente. La naturaleza de la adquisición de poder por parte del hombre adquiere una importancia aún mayor. Tanto la caza como la defensa del clan frente al exterior poseen un carácter militar y se basan en matar y herir. Es el comienzo de la cultura de la guerra. Cuando está en juego la vida o la muerte, se exige obediencia a la autoridad y a la jerarquía. La persona más capaz se convierte en aquella cuya palabra y autoridad son las más elevadas. Es el comienzo de una cultura distinta que desarrolla su superioridad frente al culto de la mujer-madre. Este desarrollo de la autoridad y la jerarquía anterior a la sociedad de clases constituye uno de los puntos de inflexión más importantes de la historia. Es cualitativamente diferente de la cultura de la mujer-madre. La recolección y la posterior producción vegetal, predominantes en esa cultura, son actividades pacíficas que no requieren guerra. La caza dominada por el hombre, en cambio, se basa en la cultura de la guerra y en una autoridad severa. El resultado es el arraigo de la autoridad patriarcal.
La estructura jerárquica y autoritaria es fundamental en la sociedad patriarcal. El concepto de jerarquía da sentido al primer ejemplo de una concepción administrativa basada en una autoridad unida a la autoridad sagrada del chamán. Esta institución de autoridad, que se elevará gradualmente por encima de la sociedad, se transformará en autoridad estatal a medida que se intensifiquen los procesos orientados a la formación de clases. La autoridad jerárquica es sobre todo personal; aún no está institucionalizada. Por eso no ejerce sobre la sociedad una dominación comparable a la de la institución estatal. La obediencia es medio voluntaria. La adhesión está determinada por los intereses de la sociedad. Pero el proceso iniciado está abierto a dar nacimiento al Estado. La sociedad comunal primitiva resiste este proceso durante mucho tiempo. Quien acumula productos en sus manos solo recibe respeto y adhesión a su autoridad si los comparte con los miembros de la comunidad. La acumulación es vista como un grave delito. La mejor persona es aquella que distribuye lo acumulado. La concepción de la «generosidad», aún ampliamente difundida en las sociedades tribales, encuentra su origen en esta poderosa tradición histórica. Incluso las fiestas comenzaron como una especie de ceremonia para distribuir el excedente. Desde el comienzo, la comunidad considera la acumulación como la amenaza más importante dirigida contra ella y convierte su resistencia en la base de su comprensión de la moral y la religión. No es difícil ver con fuerza las huellas de esta tradición en todas las enseñanzas religiosas y morales. La sociedad solo aprueba la jerarquía cuando su utilidad y generosidad le aportan algo. Una jerarquía de esta clase cumple una función positiva y útil.
Esta cualidad de la jerarquía basada en la mujer-madre es también el fundamento histórico del concepto de «madre», que todavía se acepta en todas las sociedades como fuente de gran respeto y autoridad. Porque la madre, en las condiciones más difíciles, es el elemento predominante que da a luz y alimenta. La cultura, la jerarquía y la autoridad formadas sobre esta base recibirán naturalmente una gran adhesión. El hecho de que constituya la base de la existencia social es la verdadera explicación del poder del concepto de «madre» hasta nuestros días. Contrariamente a lo supuesto, esto no procede de una capacidad biológica abstracta de dar a luz. «Madre, diosa-madre» debe entenderse como el fenómeno y el concepto social más importantes. Está completamente cerrada al fenómeno del Estado y lleva en su seno todas las cualidades que impiden su nacimiento.
Dentro de este marco de definición, es realista considerar la sociedad natural como la tesis inicial de la existencia humana. La humanidad comenzó a existir apoyándose en esta tesis. Antes de ella estaba la vida animal. Después vino el desarrollo en forma de sociedad jerárquica y estatista, surgida sobre la base de la oposición a aquella. El carácter antitético de este período procede precisamente de su continua represión y relegación de la sociedad natural. Como tesis, la sociedad natural fue válida en todos los ámbitos del asentamiento humano y, en términos temporales, constituyó el sistema social predominante y efectivo hasta finales del Neolítico (aproximadamente 4000 a. C.). En forma reprimida, continúa existiendo hasta hoy en todos los poros de la sociedad. Esta continuidad también es evidente en los conceptos sociales básicos. La familia, la tribu, la madre, la fraternidad, la libertad, la igualdad, la amistad, la generosidad, la solidaridad, las fiestas, el valor, la sacralidad y muchos otros fenómenos y conceptos son legados de este sistema social. La sociedad jerárquica y estatista opuesta a él perpetúa sobre todo la cualidad de relegar y reprimir este sistema. De esta cualidad deriva su posición como antítesis. La interpenetración de ambos sistemas sociales concuerda asimismo plenamente con las leyes fundamentales de la dialéctica.
Otro punto importante que debe atenderse aquí es que nuestra comprensión dialéctica no se desarrolla bajo la forma de que tesis y antítesis se destruyan mutuamente, sino con el carácter de «represión y relegación». Como ocurre en toda la naturaleza, los sistemas sociales llevan al otro dentro de sí cuando se convierten en tesis y antítesis. La lucha entre ellos conduce sin duda a desarrollos importantes. La tesis nunca permanece en su antiguo estado, pero tampoco la antítesis devora a su predecesora como una fuerza omnipotente. Solo puede desarrollarse alimentándose de ella.
En este punto conviene ampliar un poco más la dialéctica. Durante el período del marxismo dogmático, la tesis y la antítesis fueron interpretadas en la sociedad como formas de destrucción mutua. Este tipo de interpretación es, en realidad, uno de los errores teóricos más fundamentales. La característica observada en todas las ciencias, comenzando por la biología, es la importancia del aspecto por el cual los fenómenos se alimentan mutuamente durante su desarrollo y transformación. Las situaciones semejantes a la destrucción son excepcionales. Lo dominante es que tesis y antítesis se nutren mutuamente. Su expresión más sencilla es la dualidad niño-madre. El niño se desarrolla en contradicción con la madre, pero de esto no podemos deducir que el niño destruya a la madre. A lo sumo puede evaluarse como la continuación de la generación mediante la nutrición recíproca. Un caso extremo es la dualidad serpiente-ratón. Incluso aquí, lo que ocurre es la preservación del equilibrio entre la reproducción excesiva de los ratones y la reproducción infrecuente de las serpientes. Tal vez, sin serpientes, los ratones desempeñarían un papel destructivo más devastador que los dinosaurios. Cada día se comprende mejor que los seres de la naturaleza no carecen de sentido y que todos poseen un significado ecológico determinado. No obstante, los conceptos de «punto extremo» y «límites absolutos» pueden ser válidos, al menos como conceptos, en un segmento muy restringido. Que la ley fundamental de la naturaleza se desarrolla bajo la forma de interdependencia es ya una característica reconocida por todas las ciencias.
La primera víctima de la sociedad jerárquica fue el orden doméstico de la mujer-madre. La mujer quizá encabece los sectores oprimidos dentro del sistema social. Que este proceso, vivido extensamente en la prehistoria, no haya encontrado lugar en las ciencias sociales también procede de los valores asentados de una sociedad de dominación masculina profundamente arraigada. La incorporación paulatina de la mujer a la sociedad jerárquica y la pérdida de todas sus poderosas cualidades sociales constituyen la contrarrevolución más fundamental realizada en la sociedad. Incluso al examinar hoy la situación de la mujer en una familia trabajadora pobre, es imposible no afrontar con horror las dimensiones persistentes de esta opresión y este engaño. El monopolio masculino de los crímenes llamados de honor y de amor por los motivos más simples es apenas un pequeño indicio de lo ocurrido. Vincular este proceso a diferencias biológicas sería un error fundamental. El papel o las leyes de la biología no pueden aplicarse a las relaciones sociales. A lo sumo pueden evaluarse las relaciones recíprocas de los rasgos masculinos y femeninos, cuestión válida para todas las especies. El culto de la mujer-madre fue sometido a dominación esencialmente por razones sociales. La opresión y la ideología aplicadas obedecen enteramente a estas razones. Intentar explicarlo por el instinto sexual o la psicología constituye una grave tergiversación.
El hombre fuerte, fortalecido en la caza y capaz de organizar un grupo a su alrededor, fue tomando gradualmente bajo su control el orden doméstico de la mujer-madre después de adquirir plena conciencia de su fuerza e imponer su reconocimiento. Este proceso continuó hasta la fundación de las primeras ciudades-Estado. Su explicación más magnífica la encontramos en las ciudades-Estado sumerias. Las tablillas escritas relatan esta realidad con un lenguaje poético sumamente impactante. Resulta muy significativa la epopeya de Inanna, la diosa de Uruk que dio inicio a la ciudad-Estado sumeria. Esta epopeya, que refleja un período en el que el culto de la mujer y la cultura patriarcal aún se encontraban en equilibrio, expresa la memoria de un proceso muy arduo. Como diosa de Uruk, Inanna acude al palacio de Enki, dios de Eridu, se apodera por diversos medios de los 104 «me» que antes le pertenecían y los lleva a Uruk. Este episodio desempeña un papel clave para explicar el período. Los «me» designan las invenciones fundamentales de la civilización. Inanna subraya con insistencia que dichas invenciones pertenecen a la mujer, a la diosa-madre; que el dios varón Enki no desempeñó ningún papel en ellas, y que se las robó por la fuerza y mediante la astucia. Todo el esfuerzo de Inanna está dirigido a recuperar este culto de la diosa-madre.
Puede estimarse que estas epopeyas se recitaban hacia el 3000 a. C. Era todavía un período en el que el poder de la mujer-madre permanecía en equilibrio. Después de estas fechas, este culto y esta cultura retroceden paso a paso y son sometidos a tal crueldad que la mujer termina encontrándose en el «musakkatin», el burdel de Nippur, centro de la civilización de la época—el Nueva York de entonces. Mientras el sacerdote sumerio establece para sí un harén en el zigurat, se crea también un burdel para el pueblo. En la epopeya Enuma Elish, escrita hacia el 2000 a. C., la diosa Tiamat es ya una bruja terrible y representa a la mujer que debe ser despedazada. Un discurso aterrador refleja la condena consumada. Lo posterior lo completan las religiones monoteístas y la mujer de dulce voz, adornada y engalanada, a quien el sistema de la sociedad burguesa ha encerrado en una jaula. La condición en que fue colocada la mujer dentro de los sistemas sociales históricos fue sometida a una propaganda ideológica tan intensa que la propia mente de la mujer puede ya llamarla destino y considerar el cumplimiento de sus exigencias como una exigencia del destino. Las religiones monoteístas la consideran mandato de Dios. La filosofía griega presenta a la mujer como factor de debilidad. Se juzga que merece toda clase de enfoques degradantes: una masa tosca de materia, el campo que ara el hombre.
CONTINUARÁ…
