HPG

Fuerzas de defensa del pueblo de Kurdistán

El tema que intento interpretar no consiste en revivir los recuerdos de una «edad de oro» del pasado ni en imaginar una nueva «utopía» para el futuro.

No considero significativo exhibir la capacidad de proyección respecto de ninguno de los dos asuntos. Aunque las mentalidades sociales estén cargadas de concentraciones en esta dirección, estas no poseen el valor de explicaciones y relatos que aporten mucho a la realidad de la sociedad moral y política que trato fundamentalmente de interpretar. Aun sin negar por completo sus contribuciones, es necesario detenerse en ellas y convertirlas en objeto de ciertos relatos, sabiendo que también generan peligros.

Desde estos puntos de vista, el concepto de modernidad democrática no es un intento de anunciar una «edad de oro» ni una «utopía paradisíaca» relativa al futuro. Tampoco designa las épocas históricas y formas de sociedad tan tratadas por la ciencia positivista. Ya se aborden con métodos metafísicos o positivistas, no adopto como método tales relatos de la historia y la sociedad; y debo señalar, al menos desde mi perspectiva, que producen resultados semejantes y que sus interpretaciones de la realidad y la verdad no son tan coherentes como pretenden. Considero absolutamente necesarias para el pensamiento las experiencias contenidas en el material histórico. No solo considero necesario el material histórico, sino también el material y las experiencias de la naturaleza. En este asunto no adopto la actitud de un empirista típico, pero tampoco, en el extremo contrario, el enfoque idealista —el idealismo absoluto— que afirma poder producir pensamiento con independencia del material y las experiencias naturales e históricas. Sé que con estos métodos se han creado corpus inmensos a lo largo de toda la historia de la civilización. Aunque creo necesario conocerlos, también estoy convencido de que no son indispensables para interpretar la verdad. Quiero señalar que es posible interpretar la verdad sin ellos. Encuentro especialmente miserable y digna de compasión a la escuela de investigadores positivistas sepultada bajo la abundancia del material histórico. Del mismo modo, tampoco creo que los vaticinios sobre lo oculto de jeques excesivamente carentes de material y que se atribuyen a sí mismos poderes milagrosos tengan gran relación con la verdad. También ellos viven una situación lastimosa y miserable.

No basta con criticar únicamente los enfoques empírico e idealista. También es importante abordar críticamente los métodos universalista, progresista lineal y relativista, que son formas diferentes de aquellos dos métodos. Por lo general, la verdad no puede construirse ni descubrirse mediante el método del progreso lineal ni mediante el relativista. Sin duda, el nivel flexible y elevado de inteligencia de la naturaleza social ofrece una amplia opción de libertad para construir la realidad social. Pero esto no significa, como sostiene el método relativista, que «cada cual puede construir su propia verdad como quiera». Tampoco significan esas mismas realidades, como creen los idealistas, que «se realizarán cuando llegue su hora, tal como están escritas en la Tabla Preservada». El camino de la mentalidad que construye las realidades sociales —las naturalezas sociales desde el clan hasta la nación, la clase, el Estado, etcétera— como realidades nuevas mediante ideas nuevas y a partir del material social existente en las condiciones dadas de tiempo y lugar, parece ser el método más realista, o puede aceptarse como tal.

Aunque sea repetitivo, lo que trato de explicar es que el método debe apoyarse necesariamente en la naturaleza social, en particular en la sociedad moral y política que creo y estoy convencido que constituye su estado fundamental de existencia. Intento señalar que todas las escuelas de pensamiento y las obras de ciencia, filosofía y arte que no estén vinculadas a la sociedad moral y política nacen deformadas y tarde o temprano conducirán a peligros. Establezco como primera condición que todas las cuestiones metodológicas a las que debemos atenernos y todos los productos del conocimiento, la ética y la estética deben tomar necesariamente como base a la sociedad moral y política. Quiero llamar la atención sobre el hecho de que todo método, conocimiento, ética y estética formados fuera de esta primera condición serán poco fiables, deformes, cargados de errores y llenos de fealdad y maldad. Explico con insistencia que estas cuestiones no son solo opiniones e ideas personales mías, sino que poseen el valor de normas fundamentales en el camino de la verdad.

Después de exponer de nuevo el método de mi enfoque de la modernidad democrática, se comprenderá que mediante los análisis realizados hasta ahora he tratado de desarrollar un enfoque doble. El primer punto que los análisis buscan determinar con insistencia se refiere a cómo se desarrolló el sistema de civilización: erosionando y explotando continuamente la sociedad de carácter moral y político, que constituye el estado dado de la naturaleza social, y construyendo sobre ella monopolios de explotación y poder. Este punto es muy importante y exige necesariamente ser comprendido y que se ofrezcan los análisis requeridos. Eso es lo que intenté hacer. Debido a las condiciones en las que me encuentro, utilicé el material disponible, aunque fuera limitado; pero sobre todo traté de analizar el sistema de civilización interpretando la vida —mi propia vida, el camino indispensable de la verdad— entrelazada con este material. En mi opinión, no era necesario presentar una cantidad excesiva de material. Existía el peligro de ahogarse en los detalles. Sin embargo, con los datos expuestos traté de demostrar claramente que tampoco se puede prescindir por completo del material.

La conclusión fue la siguiente: ¿Contra quiénes se habían desarrollado, por exigencia de la dialéctica, las inmensas épocas de civilización? ¿Con quiénes, dónde y cómo habían configurado sus relaciones y contradicciones? Aun con un mínimo de material y capacidad interpretativa, no dudé en combinar y presentar los conocidos términos «demos» para el conjunto de sus relaciones y oposiciones y «kratia» en el sentido de autogobierno, porque se utilizan mucho y son ampliamente conocidos en el mundo intelectual. Sin duda, la Demoskratia no abarca todas las unidades de la sociedad moral y política. Quizá corresponda exactamente a la «Confederación de Tribus», tal como se vivió en cierta época en Jonia. Por ello, puede no abarcar unidades morales y políticas inferiores, superiores y de otros tipos. Más que una posibilidad, realmente no las abarca. Pero, como considero que la palabra es por ahora la más adecuada entre las existentes, no he dudado en utilizarla. Si en el futuro se desarrolla una terminología más apropiada, naturalmente no tendré dudas acerca de la necesidad de emplearla. Lo importante es el contenido que alberga, es decir, qué queremos expresar con ese contenido.

La segunda palabra, «modernidad», apenas necesita explicación. Como suele aceptarse, expresa períodos, épocas y duraciones vividas que poseen determinadas normas. Por tanto, tantas épocas de civilización como haya, otras tantas Demoskratias y modernidades democráticas existen, incluso muchas veces más. Pues hay numerosas unidades de la sociedad moral y política que puedo interpretar como modernidades democráticas y a las que los sistemas de civilización no han llegado por completo ni han podido someter a su monopolio de explotación y poder. La historia ofrece abundante material sobre este asunto. Yo también he intentado mencionar solo unos pocos ejemplos.

El segundo punto importante relativo a la modernidad democrática era que sus unidades no se habían organizado, o no habían podido hacerlo, tanto como los sistemas de civilización ni en términos de cultura material. Como las civilizaciones deben hacer funcionar sus aparatos cotidianos de explotación y poder monopolistas, tienen que estar sumamente equipadas y organizadas ideológicamente y actuar en unidad en cuanto a su estructura material. El material histórico sobre este asunto es extraordinariamente abundante; quien quiera puede encontrar cuanto desee. Las unidades de la modernidad democrática, en cambio, no se encuentran en la misma posición. Más exactamente, como oscilan continuamente entre una posición de resistencia y otra de colonización, y como las unidades independientes que permanecen en rincones apartados, en cumbres montañosas y en medio de los desiertos no se han desarrollado mucho, no pueden poseer la misma sistemática de estructura ideológica y material. No pretendo decir que no puedan desarrollar sistema, ideología o estructura alguna. Sin duda, la historia está llena de culturas de estructuración ideológica y material mucho más ricas que ellas también han ofrecido. Aunque apenas se revelen debido a la hegemonía ideológica de la civilización, nunca debe dudarse de que la historia aporta datos muy ricos en esta dirección.

Hasta hoy he tratado de seguir los dos polos de la civilización en sus líneas generales. A pesar de toda la tosquedad de mi disposición, creo haber reflejado, aunque de forma insuficiente, las tendencias principales. Se advertirá que he tratado especialmente de analizar de manera amplia la modernidad denominada capitalista. Frente a ella, también puede seguirse con claridad que he presentado a los adversarios del mismo período de modernidad de forma más extensa y acompañados de ciertas críticas. La conclusión que debe extraerse de esas críticas se refiere claramente a la tarea de reconstruirse a sí misma que afronta la modernidad democrática. Sabemos que las fuerzas oficiales de la modernidad capitalista, bajo el liderazgo del liberalismo y con todas sus fuerzas y posibilidades, son muy hábiles y experimentadas en presentarse bajo cualquier apariencia, se renueven o no. No podemos afirmar lo mismo de las fuerzas de la modernidad democrática. Tanto en la historia como en las experiencias del pasado reciente puede observarse claramente, en su actitud frente al liberalismo, cómo fueron disueltas ideológicamente y perdieron su claridad. Para no caer en estas situaciones en la medida de lo posible, y al menos para no dar otra oportunidad a las posiciones trágicas y dolorosas del pasado reciente, reviste gran importancia clarificar las tareas de reconstrucción de las unidades de la modernidad democrática.

Cuando digo «unidad», me refiero a todas las comunidades, personas y movimientos que conocen y viven, en mayor o menor grado, su condición antisistémica. Estas formas de existencia, que constituyen la abrumadora mayoría de la naturaleza social, lamentablemente se encuentran como fuerza cualitativa muy por debajo de lo que corresponde a su número. La reconstrucción debe aspirar, ante todo, a dotar de fuerza cualitativa a su pluralidad cuantitativa. Si no olvidamos ni por un instante cuán amplias y entrelazadas son las redes mundiales de monopolios comerciales, industriales, financieros, ideológicos, de poder y de Estado-nación, ni cuán sorprendente y destructivamente actúan contra sus objetivos, es una tarea muy clara e inaplazable reconstruir las unidades de la modernidad democrática y hacer que alcancen una fuerza proporcional a su pluralidad, al menos para superar el enorme desequilibrio entre ellas. Estas tareas pueden formularse bajo tres títulos principales. Las tres, estrechamente vinculadas entre sí, poseen dimensiones intelectuales, morales y políticas. Sin embargo, la conexión estrecha y recíproca entre ellas no elimina la necesidad de que sean institucional y estrictamente independientes. Al contrario, cada ámbito debe preservar su independencia como institución en la historia, el presente y el futuro. De otro modo, no podrá cumplir debidamente sus funciones. Clarificar la institucionalización y las tareas relacionadas con estos ámbitos de actividad, que a lo largo de la historia han vivido muy entrelazados, y ordenar cómo pueden cooperar son cuestiones que deben resolverse.